EL SONIDO DEL SILENCIO



En estos días convulsos, me he propuesto escribir diariamente al margen de otros trabajos en los que estoy inmersa. Me dispongo a escribir un cuento por día el tiempo que dure la cuarentena, con vuestra ayuda. 
Ayer os pedí vuestra colaboración para la invención del primer cuento a partir de diez palabras al azar.  Fueron las siguientes: pájaros, ventana, niña, abuelos, aurora boreal, tortitas, vaqueros, otorrinolaringólogo (la he sustituido por sordera), montaña y suerte.
Aquí está el resultado. Una historia de amor entre una niña sorda y un abuelo donde la música es muy importante. 

Espero que os guste. 
Lo he titulado: EL SONIDO DEL SILENCIO. 





"Aurora vivía en un pequeño pueblo de montaña, en el Camino de la Suerte. De pequeña, había sufrido una extraña enfermedad que le había afectado el sentido del oído: no era capaz de escuchar sonido alguno. Su lenguaje natural era el de signos y gestos. Aunque podía sentir las vibraciones de los objetos. Su madre tocaba el piano y mientras lo hacía, ella acariciaba la tapa del instrumento, y sentía la frecuencia que emitían las cuerdas. Aurora sentía gran emoción, sin embargo, nunca se atrevía a tocarlo.

A veces caminaba a la laguna de las flores, próxima a su casa. Era bellísima, su lugar favorito. En primavera, diminutas flores blancas brotaban de su interior y adornaban su superficie como copos de nieve acuáticos. Servía de espejo a las altas montañas. Y en su reflejo, Aurora contemplaba las imponentes cumbres del norte.

En frente de su casa, vivía un abuelo. Su cabello era blanco como las flores de la laguna, como la nieve. Vivía en completa soledad y nunca hablaba. Aurora le observaba desde su ventana. El abuelo se sentaba en su pequeña silla de madera y dejaba el tiempo pasar, ensimismado en sus pensamientos. La pequeña se acostumbró a su presencia, al otro lado de la ventana.

Una mañana de primavera, Aurora se vistió con sus tejanos favoritos, salió de casa y se acercó a él. La pequeña le saludó.

      - Hola – gesticuló sin emitir sonido mientras su mano derecha acariciaba el aire.

El abuelo la miró desde la neblina de su interior. No respondió ni se movió. Aurora se dio cuenta de que era sordo, como ella.
Entonces, a la mañana siguiente, repitió la misma situación. Salió, se puso en frente de él y le saludó. El anciano tampoco pareció percatarse de su presencia. Sin embargo, a la mañana siguiente, sí la miró. Y la siguiente, hasta la sonrió. Al cuarto día, el abuelo devolvió el saludo a la pequeña, con su mano temblorosa.

Desde aquel día, Aurora le visitaba todos los días y le enseñaba nuevos signos y gestos. “¿Cómo estás?”, le preguntaba y el anciano contestaba.

Poco a poco, la niña y el anciano establecieron una pequeña rutina. Él siempre la esperaba sentado en su pequeña silla de madera. Ella llegaba y saludaba. Así, entre ellos, se estableció una comunicación profunda y bella. Aurora fue enseñándole el lenguaje de los gestos y del corazón. El lenguaje del alma. Mientras tanto, él cocinaba tortitas para ella, le mostraba sus poemas y dibujos, y las fotografías antiguas de toda una vida.

      -Tus manos se mueven como alas de pájaro – solía decirle. 

“¿Vamos a pasear?” le propuso una mañana. Y Aurora le condujo, muy despacio, a la laguna de las flores. El abuelo dejó su bastón en casa y se ayudó de la pequeña para caminar.

Otra tarde, Aurora le enseñó el piano de su madre.

                      - Toca – le señaló el abuelo
                      -  No puedo, soy sorda -dijo con sus manos la niña.
                      -  ¿Puedes sentir la música?        
                      - Sí - asintió.
                       -  Entonces, puedes hacerlo. Está en tu corazón –y acarició su interior.

Las estaciones pasaron y volvió la primavera.

Una mañana, cuando Aurora miró por su ventana, el anciano ya no estaba.
La pequeña salió en su busca y comprendió.

Pasó el día y cuando estaba a punto de atardecer, la pequeña caminó a la laguna de las flores. Al llegar, una noche estrellada se reflejaba en el agua, nítida y bella.

La pequeña contempló el agua. “Hola”, gesticuló con sus manos. Entre las estrellas reflejadas, apareció el rostro del anciano. “Hola”, contestó desde el interior de la laguna.

Aurora unió sus manos por los pulgares y las movió como alas de pájaro de forma delicada, lenta y bella. Danzaron al ritmo del silencio más profundo dirigiendo una orquesta de miles de estrellas de colores. La Aurora Boreal brilló con intensidad.


Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Al caer en el agua, todo se difuminó.

Aurora volvió a su casa, en el Camino de la Suerte. Levantó la tapa del piano y por primera vez, acarició las suaves teclas del instrumento.      

 -  Puedes hacerlo – dijo el abuelo.

Y sus manos comenzaron a moverse como alas de pájaro sobre el teclado.

El sonido del silencio sonó en todo su esplendor".



Patricia García Sánchez

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