AL OTRO LADO DEL CRISTAL



Comparto el cuento número 2 de mi reto personal #contandoencuarenta.

Esta vez las palabras eran: GALAXIA, ARRECIFE, BATUTA, PLUMA, BAILE, BESOS, AMIGO, BARBIÁN, HADAS y ANCHOA.

El resultado de hoy es el cuento titulado AL OTRO LADO DEL CRISTAL.
Versa, sobre todo, sobre la libertad y la superación de los miedos.
Y como siempre, ¡mucha música!

Y os traigo novedad: el relato está acompañado de una audición.

Se trata de la Obertura de la ópera "En los acantilados de Cornualles" de la gran Ethel Smyth.

Aquí podéis escucharlo mientras leéis.





AL OTRO LADO DEL CRISTAL

"¿Os habéis encontrado alguna vez con una botella en la playa con un mensaje dentro?

Hada los coleccionaba. Todas las mañanas los recogía en la playa cercana a su faro, donde vivía. Todos los días, solía recolectar unos cuantos botes de cristal. Las botellas tenían diferentes tamaños, formas y colores. Después, las colocaba con cuidado en los escalones de las escaleras de caracol que subían hasta la gran bombilla del faro.

Cuando de noche, el candil se encendía, era un espectáculo contemplar los reflejos de colores en las paredes interiores del faro. Hada nunca abría las botellas y leía sus mensajes. Solo las buscaba, las colocaba en la escalera de caracol y observaba el efecto de color cuando la bombilla se encendía.

En ocasiones, Hada se zambullía en el mar. Buceaba entre los arrecifes y los restos de un naufragio próximo a su faro. Otras veces, se acercaba al puerto y observaba a los pescadores trabajar, con sus redes, pequeñas embarcaciones y velas hechas de libertad. También, paseaba por la lonja donde se vendía el pescado fresco y atravesaba la fábrica de anchoas. Todo a su alrededor olía a salitre.

A Hada le encantaba la música. Pasaba horas y horas escuchando música y con su batuta, dirigía orquestas imaginarias. En ocasiones, visitaba los acantilados, los más altos de la comarca, y desde su lugar privilegiado, dirigía a la mar: a las olas, a los vientos y a las plumas de las aves. Todo se movía al compás de su batuta en una sinfonía perfecta.

Un día, en la playa, encontró una botella vacía. Estaba abierta y no tenía mensaje alguno dentro. Entonces, decidió escribir uno y echarlo a la mar.

Escribió: “Quiero un amigo”

A la mañana siguiente, tumbada en la playa, se acercó a ella un joven con aire muy desenvuelto y simpático.

-         Me llamo Barbián.
-         Yo soy Hada – contestó la joven.

-         Nademos – dijo él.

Entonces, Hada le enseñó los arrecifes, también los restos del barco hundido. Después, le mostró el puerto, la lonja y la fábrica de anchoas. Por la tarde, le llevó al acantilado y juntos dirigieron la orquesta formada por las olas, los vientos y las plumas de las aves. Él la habló de la luna, de las estrellas binarias y de galaxias escondidas al otro lado del universo.

Por la noche, Hada le llevó a su faro. Barbián contempló asombrado las botellas colocadas de forma ascendente hacia la gran bombilla. Al encenderse todo brilló de forma espectacular.

-         ¿Qué hay dentro de las botellas? –preguntó Barbián.

-         Mensajes sin contestar.

Los jóvenes se colocaron en el centro, justo debajo de la luz. Se abrazaron y bailaron entre botellas y colores. Finalmente, Hada y Barbián, se besaron.

-         Abramos las botellas y liberemos los mensajes – dijo Barbián a la mañana siguiente.

Y así lo hicieron. Uno a uno, despacio, fueron liberando todos los mensajes y colocándolos con cuidado en una red de pescador.

Cierto día, al abrir una botella, Hada encontró su propio mensaje, el que ella misma había escrito. Había vuelto a ella.

“Quiero un amigo”, decía. 

Lo extrajo en silencio y lo colocó con los demás mensajes en la red de pescador. Una lágrima resbaló por su mejilla.

Al cabo de unas semanas, cuando tuvieron todos los mensajes fuera de las botellas, visitaron los acantilados. Abrieron la red de pescador y los hicieron volar junto a olas, vientos y plumas.

Hada miró a Barbián y sonrió. En ese preciso momento, el joven desapareció. Hada cogió su batuta y dirigió a la mar, en completa soledad.

Al regresar a casa, contempló las botellas vacías. Cogió papel y lápiz y escribió:

“Quiero ser mensaje dentro de una botella”.

A la mañana siguiente, lo introdujo en una de ellas, cogió su batuta y marchó a la playa. Se desnudó y se zambulló en el agua...

Pronto, observó las olas desde dentro del cristal.

Su aventura no había hecho más que comenzar".


Patricia García Sánchez
          



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