Cuento a medida: ERASE UNA VEZ... LAS ESTRELLAS









 Os presento nuestro encargo número 77, un cuento personalizado para Hada que nació el pasado 5 de julio. Ha sido un placer trabajar de nuevo en una historia para una recién nacida.

Con ese nombre fue sencillo  dejarme llevar por la imaginación y crear un historia única. Gracias a Macarena, por confiar de nuevo en mí. Y ya van tres.

Las ilustraciones de Óscar son excepcionales, ha sabido plasmar la personalidad de cada personaje del cuento a partir de una foto de forma extraordinaria.

Espero que os guste.


ERASE UNA VEZ LAS ESTRELLAS

Hubo un tiempo en que la noche era oscura como un gran mantel infinito.
Nada adornaba su callada y negra belleza.
Solo la luna se asomaba tímida alumbrando la oscuridad.

Con la excepción del Bosque Celeste.

Aquel lugar era mágico: las hojas de sus árboles eran del color de la plata.
No había en la tierra un lugar de belleza igual.
Por las noches, se iluminaba como luces de neón,
Como gotas de rocío sobre nenúfares violetas.
Único lugar del planeta en el que había luz cuando el sol se escondía.

 
Los habitantes del Bosque Celeste recogían las hojas y flores de los árboles y realizaban pintura con ellas.
Las mezclaban con resina de pino,
Setas del otoño y aromas de jazmín.
Con arena traída del desierto de Egipto
y musgo de los campos de Escocia.
Con aquella pintura decoraban sus rostros, sus manos y sus cabellos.
Pintaban sus labios y sonrisas.
Teñían sus ropajes y realizaban tatuajes en sus cuerpos en las noches oscuras.
Unos a otros.
En silencio.
Bajo la luz de la luna llena.

Los habitantes del Bosque Celeste se preparaban para la llegada de un nuevo integrante: la hija de Marta y Miguel, hermana de Gala.
Todos querían obsequiarle algo especial.
Jesús, el mago de la tribu, le trenzó una diadema para recogerse el pelo que a su vez le serviría para escalar las rocas de los acantilados y las cimas.
Macarena, su mujer, compuso melodías para ella con su voz delicada y bella. Una canción que la acompañaría por siempre.


Diego, el hijo mayor de ambos, le confeccionó pequeños pendientes realizados con ámbar donde dos pequeñas libélulas reposaban atrapadas.
Jesús, el hijo menor, curtía para ella una mochila de cuero, de piel de dragones milenarios.
Atreyu, el perro guardián de la aldea, la esperaba inquieto con alegría deseándole valor y fortaleza, agallas y fuerza.


Su hermana Gala, experta pintora de sonrisas, ensayaba día y noche los mejores retratos en su cuaderno de dibujo. La más bonita sería para su hermana.


Su padre, Miguel, trabajó en la fragua el mejor vidrio del mundo y esculpió un tarro de cristal duro como el diamante para que la pequeña pudiera guardar sus sueños.
Por último, su madre, Marta, tejió para ella una capa de alas de mariposas transparentes y delicadas.


Pasaron los meses y llegó el momento.
La pequeña vino al mundo una noche oscura de luna nueva.
Entre hojas de plata y melodías.
Era verano: 5 de julio.

Los habitantes del Bosque de Plata no salían de su asombro cuando vieron a la niña: la pequeña tenía unas pequeñas alas en la espalda.
Por eso, la llamaron Hada.
La niña aprendió a andar y volar a la vez.
Creció entre alegría y valentía,
Música, sueños y juegos.

Una noche se puso su diadema y su capa y se colgó la mochila de cuero.
Cogió el pincel de su hermana Gala y, por último, vertió pintura de plata en el tarro de cristal.

Voló lejos, más allá de la luna, y con delicadeza y dedicación pintó la noche de plata.
Pequeños puntos adornaron el cielo nocturno,
Como lunares de cristal,
Como un gran fuego artificial.
Y así, nacieron las estrellas.
Gracias a Hada y a los habitantes del Bosque de Plata.


Todavía su pincel rasga de vez en cuando el firmamento,
Pintando una estrella fugaz.

                                                                  Patricia García Sánchez - Óscar Luique Ruiz



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